Los restos de Malasia


Fernando Alonso y Sergio Pérez

No en vano Woody Allen se hizo con el Oscar al mejor guión original este año. En Midnight in Paris hizo ver a sus fieles cinéfilos que no todo tiempo pasado fue mejor. Definitivamente, un mensaje que todos aquellos fanáticos del deporte rey del automovilismo mundial deberían aprehender.

La nostalgia que produce volver a experimentar los grandes duelos fuera y dentro de la pista es algo innegable. También lo es no poder impedir el asombro ante figuras como la de Damon Hill o Jackie Stewart. Pero ¿Hasta que punto esto beneficia a la Fórmula 1 actual?

Estos héroes salían a la pista a jugarse la vida carrera a carrera, en coches que no aseguraban acabar ni una sola vuelta y en el caso de conseguirlo, sobre todo en primera línea, se hacían con el reconocimiento colectivo de por vida. Ahora, existen unos temidos crashing test que pueden dejar a los equipos más y menos modestos en pretemporada sino cumplen con los requisitos.

Cascos, hans, cinturones, barreras, escapatorias, coche de seguridad son algunos de los múltiples dispositivos que separan en este momento al piloto de la muerte a manos de un bólido a más de 200km/h. Pero el hecho de intentar evolucionar un deporte que no tiene porqué cobrarse la vida de nadie parece que ha acabado con los talentos y los grandes pilotos. Ya no cabe lugar para hablar de genios al volante, ni para referencias a reyes o dioses de la velocidad.

Pero la sima temporal que separa al talento de la mediocridad no se produjo hasta la entrada de las nuevas tecnologías, allá en los tiempos de desencuentros entre un tal Prost y su amigo Senna. Desde entonces los pilotos se han visto relegados a la nada. Las victorias son entendidas por el público más reciente como el pan de cada día, así los acostumbró Schumacher. Pero las veces que el dinero, el coche, los contactos y las órdenes de equipo han ocupado en los rotativos el lugar del valor de un piloto, incluido el del alemán, son tremebundas en los últimos años.

Los genios son ahora considerados robots al mando de máquinas durante una media de noventa minutos en veinte ocasiones al año. Pero este argumento, propio de escépticos, hace reflexionar acerca de la verdadera realidad de un circo cuyos protagonistas ya no son apreciados. Pero como en todo, la dualidad existe o ¿cómo se explica que durante mas de seis horas de emisión hasta un 50% de la audiencia española no pudiera despegar los ojos de las pantallas? ¿Qué sentido tiene si esta deshumanización existiese desear con todo el alma que el piloto no se equivoque a falta de cinco vueltas en las que respirar esta sobrevalorado?

Todo depende de la perspectiva pero de todas formas, si algo hay cierto es que las impresionantes 56 vueltas de este espléndido Gran Premio de Malasia han puesto la piel de gallina no solo dentro de las fronteras nacionales españolas y no solo a los fanáticos sino también a los escépticos internacionales que día a día le hacen la vida más dura a este deporte.

Fueron dos hombres los que se hicieron este domingo enteramente protagonistas, sin coche y sin confianza alguna más allá de la de sus seguidores aférrimos. Juntos levantaron un primer y un segundo puesto impecables aprovechándose de la peculiar climatología de Sepang.

Este Gran Premio ha dejado vueltas para el recuerdo, pero no solo para el nuestro, sino para el de las próximas generaciones. Puede que los puntos conseguidos resulten no valer nada al final de temporada para ambos, aunque es pronto para saberlo. Lo que es innegable en el caso de Fernando es que hacía mucho tiempo que una victoria no le sabía ni a él, ni a nadie, así de bien. La presión sobre el piloto español y su escudería ha sido palpable en los emocionados ojos llorosos de Andrea Stella al verlo cruzar la línea de meta. Una victoria inesperada trabajada con su concentración, su maestría y su madurez, tres cualidades que parecen no haber sido nunca tan equilibradas como hasta ahora.

Sergio Pérez bajo la lluvia

Es la falta de la última cualidad mencionada la única pega que se le puede poner al joven Checo que en su carrera número 19 ha resultado ser una liebre en el asfalto malayo, un paso más en una carrera fulminante que le hace ser señalado ya como posible sustituto de Felipe Massa.

Pero acabada la carrera del domingo la teoría volvía a dejarse patente en el paddock, los rumores británicos entorno a la victoria de Alonso aseguraban que Sergio dejó premeditadamente el primer cajón al español. Un acto más a favor de la pérdida de la humanidad del piloto, pues sin duda que Sergio hubiera ido a por todas en la que fue la mejor carrera de su vida hasta el momento, ¿quién sabe cuando podrá volver a repetirla?

Un acto más que se suma al clásico reclamo que hace referencia a la alineación de los astros, todas las desgracias ocurridas a sus rivales son la causa de semejante resultado. Pero todo aficionado sabe ya a estas alturas que el equilibrio entre la probabilidad y la suerte en este deporte es la clave de todo el asunto. La suerte hay que ganársela porque como se menciona en la columna de AS de Alfredo Relaño, es la previsión de todos los males que pueden aparecer en la batalla. Y así lo hicieron ayer los dos protagonistas, eclipsando cualquier actuación de los demás pilotos.

Con su actuación Pérez y Alonso no solo consiguieron distinguirse como, segundo mexicano en hacer un podio y ser el quinto más grande de la historia con 28 victorias en su palmarés correspondientemente. Consiguieron además insuflar a un púlico adormitado toda su pasión e ilusión. Así como trasmitir a todo rincón en el que se haya podido emitir esta maravilla, que la Fórmula 1 está en su mayor auge. Con seis ganadores del mundo en pista, y uno que sin duda lo será algún día, los catorce pilotos restantes no se van a permitir quedarse en la sombra y no triunfar en esta época de bonaza. Ninguno de ellos dudará en dejarse la piel a lo largo de esta temporada. Lucharán como nunca se ha visto en este deporte, hasta el último centímetro de pista con la penúltima gota de combustible, porque son ellos, los protagonistas, más que nadie los que, sin duda, saben que estamos ante la mejor etapa de la Fórmula 1.

Una era en la que nada de lo que se haya escrito hasta ahora vale, ni estrategas ni técnicos pueden servirse de los libros. El ingenio fuera y dentro de la pista es lo que vale, el resto ya está más que visto. Buscar la vuelta de tuerca es ahora el fin de cada segundo en este deporte. Y ver como eso se convierte en un espectáculo en el asfalto es la nueva satisfacción de todos los que cada vez que se ondea la bandera a cuadros no tienen palabras para describirlo. Una era de sorpresas y pesadillas, de decepción, frustración e inquietud pero también de celebración y agradecimiento. Algo por lo que, sin duda, ya se puede clamar al cielo eso de que cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor.

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